El Alto del Espino

La leyenda que voy a narraros a continuación ocurrió hace ya bastantes años en un pueblo situado en el corazón de la provincia de Badajoz, en plena Tierra de Barros, llamado Aceuchal. Esta localidad está situada en una hondonada, por lo que la mayoría de sus calles son empinadas, con casitas encaladas de blanco. Cuentan los viejos escritos que antaño estuvo cubierto de acebuches, hoy casi desaparecidos. La historia a la que me refiero está muy relacionada con la devoción que los habitantes de este pueblo (los “piporros” como se les conoce popularmente) tienen a su patrona la Virgen de la Soledad, a la que le tienen dedicada una bonita ermita en el lugar donde dicen que se apareció.

ErmitaAceuchal

La historia la protagoniza un humilde labrador que una mañana se puso camino de Almendralejo, una localidad cercana, para labrar sus tierras. Salió temprano el hombre de casa, como acostumbraba, con las alforjas y la azada al hombro. Y como esto ocurre en una época donde la idea  de  vehículo a motor no se pasaba ni por la imaginación y una bestia de carga era casi un lujo, el pobre hombre iba a pie por todo el camino adelante. Caminaba el señor por aquellos campos sembrados de trigo y vides cuando de repente vio interrumpida su caminata por una visión aterradora: un toro bravo, de esos que a veces pastaban por la zona, se dirigía a toda velocidad hacia él. Buscó el señor donde cobijarse pero desafortunadamente no encontró lugar, ya que todo eran matorrales, vides y campos de cereal. Viendo que la bestia se le venía encima no encontró otra solución que implorar a su querida Virgen de la Soledad, esa misma a la que desde pequeño su madre le había llevado a visitar. Estando desesperado, entre ruegos y oraciones a su Virgen amada, surgió de repente y con gran estruendo de la tierra un gran espino tras el que pudo ocultarse y protegerse del toro.

Cuando llegó de nuevo a Aceuchal, el labrador contó a todos sus paisanos lo ocurrido, lo que no hizo sino aumentar la devoción que estos profesaban a su patrona. Y desde aquella prodigiosa jornada y en agradecimiento, aquel hombre cogió todos los días su barril de agua y regó el espino que había surgido de la tierra en aquel camino entre Aceuchal y Almendralejo. Los habitantes de ambos pueblos llamaron desde aquel día a aquel lugar el Alto del Espino. Durante muchos años después del suceso se pudo observar aquel gran espino surgido de la tierra, pero con el paso del tiempo, para facilitar la comunicación entre los dos pueblos, se construyó una carretera nueva, por lo que aquel prodigio surgido de la tierra por la devoción de aquel hombre, desapareció para siempre. Solo quedó en la memoria de los mayores, que en las tardes de invierno repiten alrededor de la mesa de camilla la historia una y otra vez a sus nietos para que, algún día, se la transmitan a sus descendientes.

Para saber más:

  • DE LA HIZ FLORES, MARÍA. Aceuchal. Apuntes para la historia de mi pueblo. Badajoz, 1950.

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[1] Estudiante de Grado de Historia en la Universidad de Salamanca.

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